
Por: Odalis Cedeño.
Según la OMS, la salud mental es un estado de bienestar mental que permite a las personas hacer frente a los momentos de estrés de la vida, desarrollar todas sus habilidades, poder aprender y trabajar adecuadamente y contribuir a la mejora de su comunidad. Además, de que es un derecho fundamental de la humanidad, es la que nos permite desarrollarnos de manera sana en todos los ámbitos de la vida.
Vemos de forma preocupante como cada día aumenta la violencia en nuestra sociedad, cada vez más personas están sumergidos en el mundo de las drogas buscando alivio a sus males. Por otro lado, el suicidio es cada vez más común en personas más jóvenes. Podríamos citar varias causas a estos males, entre ellos, las repercusiones negativas de la pandemia COVID-19, que con la gran carga de estrés que generó, agudizó los trastornos mentales, neurológicos y provocó un aumentó en el uso de sustancias psicoactivas.
También debemos considerar como causa de desequilibrio mental, la respuesta a las necesidades fundamentales de los ciudadanos, tales como comida, seguridad, un empleo digno, respuesta de las autoridades correspondientes a situaciones sociales. Estos son elementos a tomar en cuenta, ya que la falta de ellos puede detonar una conducta inadecuada. Cuando un ciudadano no es escuchado por la policía ante una denuncia, cuando la energía eléctrica falla constantemente, cuando el sueldo devengado por un ciudadano no se corresponde con el costo de la canasta familiar, cuando no hay acceso a salud de calidad; estamos expuestos a reacciones y acciones impredecibles.
A esto se le suma la apatía y el descuido de las autoridades al tema de salud mental en nuestro país. Se invierte en infraestructura, obras para embellecer a las ciudades, sin embargo, de que sirven las calles asfaltadas y los edificios si las personas no están emocionalmente estables.
Las afecciones mentales van desde trastornos mentales, discapacidades psicosociales, hasta malestares que genera la angustia de no poder dar respuesta a situaciones cotidianas de la vida. Toda persona está expuesta a sufrir algún malestar. La vida y su constante afán nos provoca estrés, eso es inevitable, ahora bien, un estrés mal manejado nos lleva inevitablemente a sufrir de ansiedad. Si la ansiedad se prolonga en el tiempo la angustia vendrán y por ahí la depresión.
Se hace necesario que el Estado ponga atención al tema de la salud mental, que implemente políticas que ayuden a los ciudadanos a tener mayor bienestar mental, que no estén basados en el uso de alcohol o medicamentos, que solo enmascaran el problema y no lo solucionan. Necesitamos un sistema que responda a la gran cantidad de personas cuyos trastornos ameritan internamiento, tratamientos a largo plazo o de por vida.
Necesitamos educar y orientar a la sociedad consumista de este tiempo, para que puedan reaccionar a tiempo y entender que no es la moda, las redes o las fiestas las que nos ayudan a estar bien, sino el autoconocimiento y la capacidad de vivir en armonía con nosotros mismos. Una persona que se conoce se ama y puede empezar a conocer y a amar los demás.
Vivimos en una sociedad cada vez más caótica, marcada por el desorden, la falta de empatía, la apatía, el desconocimiento de las buenas costumbres y valores. La educación familiar, la disciplina y el orden público, son elementos fundamentales para tener una sociedad que responda a las necesidades emocionales de cada individuo.
Si logramos aunar esfuerzos, entre el Estado, las instituciones de la sociedad civil y las familias, cambiaremos el rumbo de esta generación de la cual nos quejamos tanto. Hagámonos responsables de la parte que nos toca, porque ¡la salud mental es un asunto de todos!






