
Por: Manuel Antonio Vega
El río Higüamo, a su paso por el paraje de La Toma en Mata Palacio, solía ser un lienzo de vida: un espejo de agua fresca donde los niños aprendían a nadar, y los pescadores, con la paciencia de los viejos tiempos, tiraban sus zimbeles o anzuelos y atarrayas para el sustento diario.
Ese Higüamo ha ido muriendo,lo que queda ahora es una escena de desolación teñida de un crimen ecológico.
Todo comenzó con un olor. No el olor a tierra mojada o a vegetación ribereña, sino una pestilencia química y profunda, un hedor nauseabundo que rompió la armonía del monte y obligó a los residentes a cerrar sus ventanas.
Al acercarse a la orilla, la verdad se hizo visible y macabra: el río no fluía, sino que arrastraba una alfombra trágica. Miles de cuerpos plateados y rosados, peces de todos los tamaños, jaibas de caparazón roto y camarones, flotaban panza arriba en la superficie, inertes.
La muerte había llegado de forma repentina y brutal, lo que se evidencia en las redes sociales, dónde varias imágenes que hemos recibido, la orilla del afluente parece una fosa común acuática.
Es la estampa de un ecosistema que ha sido envenenado de raíz la mecánica del crimen, llegó a la comunidad de La Toma y no tardó en señalar a los responsables, aunque de manera extraoficial.
La denuncia apunta a la avaricia, dónde pescadores desaprensivos, supuestamente foráneos, que prefieren el camino fácil del crimen ambiental al esfuerzo de la pesca legítima.

El veneno, un agente tóxico no identificado aún por las autoridades, fue arrojado al agua con un único propósito: aturdir o matar instantáneamente a todas las especies acuáticas, permitiendo su recolección masiva con la mínima inversión de tiempo y trabajo.
Lo que no midieron es la magnitud del daño colateral, porque no solo mataron lo que querían pescar, sino todo lo demás, y de paso, aniquilaron la fuente de recreo y la seguridad alimentaria de todo un paraje.
El grito de auxilio de los comunitario llegó de inmediato, tras denunciar que, esto es un crimen, y tiene que haber justicia,» clama uno de los comunitarios, cuya identidad se reserva por temor a represalias, mientras observa cómo las moscas rondan los restos flotantes.
«Nadie se puede bañar ya en este río. Las criaturas de la orilla están enfermas. Es un abuso contra la naturaleza y contra nosotros mismos.», agregó.
El clamor de Mata Palacio se ha convertido en una llamada de auxilio urgente al Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales, en particular al departamento de Casa y Pesca.
Lo que exigen no es solo la limpieza, sino una investigación rigurosa que determine la composición del veneno utilizado y que someta a los responsables a la ley por este crimen ecológico.
Mientras tanto, el Higüamo, el río que daba vida y frescura se ha transformado en un cadáver líquido. Su fuerte olor nauseabundo es ahora el recordatorio más amargo de que la codicia, a veces, puede silenciar el canto de un río.
¿Qué hará Medio Ambiente de Hato Mayor con este crimen ecológico?
¿Creen mis lectores que irán a investigar?
¿Apresarán a los depredadores?







